Los estándares de la perfeccionista


Contextos de exigencia
El perfeccionismo bajo la lupa de la productividad
Si bien los factores de crianza son claves para entender esta problemática, el perfeccionismo debe entenderse dentro de un contexto más amplio, atravesado por la cultura de la productividad. Esta es una concepción, alimentada por el capitalismo, que valora la productividad y la eficiencia como principios centrales e introduce una lógica basada en la meritocracia: el valor personal está asociado al rendimiento y al esfuerzo individual. El peso de esta lógica en la sociedad es tal que se interioriza desde edades tempranas y termina impregnando gran parte de los ámbitos de la vida: lo académico, lo laboral e incluso el ocio. Estos se conciben como espacios productivos, donde siempre hay algo que hacer y el tiempo debe aprovecharse para generar resultados. Así, la exigencia encuentra un terreno fértil para ganar fuerza, en una sociedad que premia la eficiencia y el logro constante.
“Esta cultura de la productividad, que valemos por lo que logramos […] acaba alimentando unas expectativas muy poco realistas y una necesidad constante de demostrar lo que valemos a través de los resultados. Te puedes haber esforzado […] que si el resultado no es satisfactorio, no pasa nada, que pase otra persona a sustituirte.”
Sara Yepes, psicóloga clínica
Estas creencias sociales se amplifican y reproducen en las redes sociales, donde proliferan mensajes que refuerzan una cultura especialmente dañina para quienes sienten que nunca hacen lo suficiente. Desde vlogs donde los creadores de contenido muestran su rutina diaria, hasta mensajes de productividad tóxica, como el popular “Club de las 5 a.m.” —mencionado por la psicóloga Esperanza García—, inspirado en el libro homónimo y popularizado por influencers como Amadeo Lladós que idealizan el levantarse muy temprano para maximizar el día. Una realidad paralela que no deja de acentuar un problema muy real: una sociedad atrapada en la constante actividad y en el hacer continuo.
El perfeccionismo de archivador y pupitre
Uno de los espacios donde se potencia la exigencia es el ámbito académico. La escuela, el instituto, la universidad o los ciclos de formación profesional se constituyen como espacios por fuera de lo familiar donde las niñas y adolescentes pasan una cantidad significativa de tiempo y donde se continúa moldeando su forma de afrontar los desafíos e imposiciones del entorno. La profesora María Teresa Couso asegura que los estudios se convierten en un tema de máxima importancia, como vía que determinará su futuro, lo que a menudo se traduce en exigencia y presión por alcanzar determinados estándares desde edades muy tempranas.
Un caso ilustrativo es el de Manuela Cividanes (estudiante, 20 años), quien desde muy pequeña se sentaba cada día en su mesa para hacer deberes, incluso cuando no tenía ninguna tarea asignada, por el solo hecho de continuar con la rutina de hacer algo cada día. Es en este punto donde comienza a instalarse el mandato de productividad, que muchas niñas interiorizan como parte de su valor personal. Así lo relatan también estudiantes como Francesca Simonelli o Laura Fresneda, que entendieron los estudios desde edades tempranas como una obligación y una forma de demostrar que estaban a la altura de las expectativas familiares y académicas.
Entre la “buena” y la “mala” estudiante
El perfeccionismo no se refuerza únicamente a través de la autoexigencia interna, sino que también juegan un papel importante las comparaciones o comentarios de los adultos que forman parte del ámbito académico y que consolidan las dinámicas de exigencia.
Una docente de secundaria, que ha preferido mantenerse anónima, afirma que la opinión del profesorado es determinante en el alumnado. Apoyándose en su propia vivencia, relata el caso de una estudiante que se sintió avergonzada por haber obtenido un siete. La maestra explica que, tras publicarse las notas de la evaluación, la alumna se le acercó para preguntarle si ya las había visto, para confesarle que había sacado un siete y justificarse de inmediato, prometiendo que pensaba subir la nota. Estaba avergonzada, como si temiera ser “percibida como una alumna de siete”, relata la docente, que reconoce no haber sido consciente hasta entonces del impacto que un posible juicio suyo podía tener en la estudiante. Esto ilustra que, al igual que en el hogar, en el sistema educativo cada palabra y gesto tienen un peso importante.
También muchas de las estudiantes entrevistadas coinciden en que en los centros escolares se fomentan dinámicas de comparación y competitividad como forma de exigencia docente. Una de sus principales consecuencias es que no todas las alumnas pueden destacar por igual. Desde su experiencia, Ángela Abeledo y Francesca Simonelli describen cómo se establece una dicotomía entre la “buena estudiante” —asociada a un futuro prometedor— y la “mala estudiante” —considerada un caso perdido—, señalando públicamente quiénes son las “ovejas blancas” y quiénes las “negras”, y dejando claras las jerarquías de valor que marcan la vida escolar. Esta es una dinámica a la que también experimentó el estudiante Daniel Rey, de 20 años, quien recuerda cómo un profesor en primaria le repetía que no tendría futuro, un comentario que afectó de forma duradera a su autoestima y alimentó su autoexigencia y la presión por cambiar de categoría en dicho sistema.
En otros casos, como los de Uxía López, Manuela Cividanes y Francesca Simonelli, la presión que provenía del reconocimiento positivo: ser vistas como modelos a seguir, les impedía cometer errores sin sentir vergüenza o quedar expuestas ante sus iguales o sus profesores. Esto muestra cómo un modelo docente que enfatiza la señalización puede reforzar el perfeccionismo y fomentar la comparación y la competitividad con los demás como mecanismos habituales para evaluar el desempeño personal.
La comparación actúa como una “vara de medir” que muestra si se ha alcanzado el nivel esperado y cómo se sitúa uno frente a los demás. La competitividad, por su parte, se expresa como el deseo de sobresalir y superar a otros, lo que Yepes describe como el “siguiente nivel de exigencia”. Esto plantea una pregunta: ¿Es siempre malo compararse o ser competitiva? Según la profesional de la psicología Sara Yepes, no necesariamente: depende de la gestión emocional que se haga de la comparación y del impacto que tenga en la autopercepción. Sin embargo, en personas perfeccionistas, la línea entre lo saludable y lo nocivo suele inclinarse hacia lo segundo, debido a las creencias que habitan en su interior de que “nunca se será perfecta en algo y nunca se estará en el nivel correcto”, que “hay que hacerlo mejor que todo el mundo” y que “no existe la posibilidad de ganar todos”, como añade Yepes. Por ello, los efectos se amplifican: se ve afectada la autoestima, se fomenta la rivalidad y se incrementa la individualidad.
De este modo, la comparación tiende a perjudicar, porque siempre se compara hacia arriba, nunca hacia abajo o con iguales, generando ansiedad, presión y sensación de insuficiencia recurrente. Ángela Abeledo (20 años) ofrece un ejemplo claro de ello: tras años practicando atletismo, a los 13 tuvo que abandonar la competición. Sin embargo, en Educación Física seguía comparando sus marcas de velocidad con las de sus compañeras más aventajadas, aquellas que continuaban practicando deporte. Sus capacidades habían cambiado, pero sus metas deportivas no, y lejos de conformarse, recuerda caer en un ciclo de autoexigencia y frustración que finalmente requirió la intervención de su profesor.
La competitividad, centrada únicamente en superar a otros, también puede ser dañina, pues hace perder de vista las enseñanzas del error, la gestión de la frustración y la construcción de resiliencia. Esta era la situación de la estudiante Manuela Cividanes (20 años), que por el hecho de que una compañera tuviese mejor nota y fuese reconocida, ella se desmotivaba a seguir intentándolo porque sentía que, en términos absolutos, ya “había perdido”, pues su esfuerzo y su trabajo habían sido insuficientes.
Entre el examen y la oposición
Ante la presión constante —tanto externa como autoimpuesta— muchas alumnas terminan desbordadas, especialmente en los cursos superiores. Profesorado como María Teresa Couso, del IES Salvador Madariaga de A Coruña, lo constata a diario. Según explica, la presión desde su época de alumna no ha disminuido, sino que se ha intensificado; y para quienes tienden al perfeccionismo, el impacto es aún mayor, porque el sistema educativo les exige más que nunca.
Ese incremento de la exigencia se acentúa en etapas como Bachillerato, donde las calificaciones adquieren un peso decisivo y condicionan gran parte del recorrido académico. Varias docentes advierten que, al llegar a este nivel, se produce un cambio abrupto en la carga y el enfoque del trabajo. Como reflexiona el profesor Xosé Encinas, la etapa puede llegar a parecer una suerte de “oposición infantil”.

En secundaria, la tensión también es visible. Es común observar estudiantes que faltan a una materia para preparar el examen de otra, o que estudian con apuntes sobre el libro de texto durante la clase. Así lo advierten docentes como Xosé Cabido, quien asegura que estas prácticas no eran habituales hace años. Asimismo, los efectos son cada vez más perceptibles para el profesorado, como apunta Xosé Encinas, docente del IES Arcebispo Xelmírez de Santiago de Compostela. Este profesor identifica el malestar de muchas estudiantes perfeccionistas incluso en la redacción de sus exámenes: obtienen calificaciones impecables, pero sus textos, escritos desde la ansiedad y la prisa, resultan caóticos de corregir y casi ilegibles.
En otros casos, el impacto de la enseñanza trasciende el aula y repercute directamente en la salud mental del alumnado. Uxía estuvo al borde de desarrollar un trastorno de la conducta alimentaria durante 2.º de Bachillerato, coincidiendo con la preparación de la EVAU —ahora PAU—. Francesca recurrió a terapia ese mismo curso, mientras que Laura Alonso llegó a recurrir a conductas autolesivas como vía para liberar la presión que sentía. Estos no son episodios aislados. Son, más bien, la señal de un problema estructural del sistema educativo.
El perfeccionismo de maletín y despacho
Sin embargo, el mundo académico no es el único espacio de exigencia que requiere revisión; lo es también el ámbito laboral, donde emergen nuevos desafíos para quienes sostienen rasgos perfeccionistas.
Los desajustes internos: la incertidumbre laboral
El cambio es especialmente abrupto cuando una persona perfeccionista sale del entorno educativo —altamente estructurado— y se adentra en el mercado laboral, un escenario marcado por la incertidumbre. Como señala la psicóloga Esperanza García, el perfeccionismo no se diluye en este tránsito, sino que se transforma y busca adaptarse a un contexto en el que ya no existe un baremo fijo al que ajustarse. De este modo, las mismas dinámicas que antes encontraban un marco claro de referencia pasan a enfrentarse a expectativas más difusas, lo que puede intensificar la sensación de autoexigencia y desorientación.
Esta es la experiencia de Clara Bernal, periodista y redactora del Ideal Gallego, que para regular esa incerteza se impuso la exigencia en aspectos concretos como las preguntas de sus entrevistas o el contenido de sus textos, en los que siempre intentaba dar más. En paralelo, otras trabajadoras perfeccionistas optan por un enfoque en lo negativo, regulando su sensación de no estar a la altura a través de la búsqueda y corrección del más mínimo fallo. Este es el caso de Raquel, becaria de 25 años y ahora trabajadora en un gabinete de comunicación, que aún busca el error en todos los discursos que escribe.
Las presiones externas en la oficina
No obstante, el cambio de registro no es el único factor que afecta a las profesionales con rasgos perfeccionistas. Además de sus propias particularidades —como su forma de trabajar o de adaptarse a los cambios—, entran en juego otras variables. Una de ellas es el perfeccionismo impuesto por la organización: la posibilidad de que los mandos superiores proyecten hacia la cadena de mando sus propios estándares de perfeccionismo disfuncional. Según advierte Esperanza García, esto puede intensificar la autoexigencia de la empleada y, como señala la terapeuta Sara Yepes, incluso obstaculizar sus avances personales en la regulación de su propio perfeccionismo.
Otro factor a tener en cuenta es el tipo de profesión, ya que ciertos empleos presentan características ambientales específicas, como entornos donde predomina el agobio o se potencia la productividad. Por ejemplo, en el ámbito del periodismo, Clara Bernal señala que el estrés es una constante que muchas profesionales llegan a normalizar. En la misma línea, Esperanza García menciona otros sectores especialmente afectados por la presión de la productividad y la autoexigencia. Entre ellos se encuentran el sector sanitario, caracterizado por una elevada carga laboral y jornadas extensas; los trabajos orientados a objetivos, como los del sector financiero, que de algún modo reproducen modelos educativos competitivos; y el emprendimiento, donde la dependencia económica de los resultados incide directamente en los niveles de autoexigencia.
De este último sector habla Raúl Salgueiro, periodista de 25 años y creador de A Vozes, un proyecto periodístico de emprendimiento cultural que impulsa en solitario a través de Instagram. Como emprendedor novel, reconoce que la experiencia ha sido un proceso complejo, especialmente por su carácter perfeccionista. “Emprender es una forma de crear y, por lo tanto, ahí también se oculta la idea de intentar hacerlo lo mejor posible […] y dar todo de ti”, reflexiona. Pese a intentar gestionar sus expectativas con realismo, admite que trabajar en un ámbito creativo como el suyo representa un desafío constante para su autoexigencia. A un año de haber lanzado su medio, confiesa sentirse desmotivado, en parte por la sensación de no estar cumpliendo con las expectativas que otros tenían puestas en su futuro. Esta presión se ve amplificada por el entorno de las redes sociales en el que trabaja, donde la comparación con otros creadores es casi inevitable.
A todas luces, en un contexto marcado por el culto a la hiperproductividad y empleos que exigen una alta demanda física o emocional, mantener el equilibrio personal resulta especialmente complejo. Esta combinación de factores representa, según la psicóloga Esperanza García, un riesgo significativo para las profesionales con rasgos perfeccionistas, que pueden ver amenazado su bienestar a largo plazo por un entorno laboral y social que refuerza constantemente la necesidad de dar y ser más.