Los estándares de la perfeccionista


El perfeccionismo: una cualidad querida
Según la Real Academia Española (RAE), una persona perfeccionista es aquella que busca de manera constante la excelencia en lo que hace, intentando mejorar todo de forma indefinida. Socialmente, suele ser percibida como una cualidad deseable, asociada al esfuerzo, la disciplina y los altos estándares de rendimiento. Desde esa perspectiva, ¿qué podría haber de malo en querer hacer las cosas bien?
Justo en este punto es donde radica la complejidad del problema, ya que dicho rasgo, en apariencia positivo, puede derivar en una sensación continua de insatisfacción. Nada parece estar del todo bien, y la idea de perfección se convierte en una meta inalcanzable. De este modo, la búsqueda de la excelencia se transforma en una necesidad constante de aprobación y, como resultado de ello, en un temor persistente al error, lo que puede generar altos niveles de estrés, ansiedad y frustración.
Para entender cómo este fenómeno impacta en el día a día de una persona, el reportaje recoge testimonios reales de diferentes mujeres. Ellas ponen en palabras cómo esta situación las atraviesa y condiciona sus vidas. Una experiencia que se complementa con el análisis de varias profesionales de la psicología, que explican la complejidad que hay detrás del deseo de hacerlo todo bien, incluso a costa del propio bienestar.
¿Qué es el perfeccionismo?
Con frecuencia, se utiliza el calificativo de perfeccionista para describir a las personas, sin comprender del todo las implicaciones que conlleva para quien lo vive. Suele entenderse como una simple elección personal: el deseo de hacer las cosas lo mejor posible. Pero, si se profundiza en su verdadero significado, detrás de esa etiqueta se esconden dinámicas complejas de autoexigencia, temor al fallo y una búsqueda constante de suficiencia que se manifiestan en diversos ámbitos a lo largo de la vida. Para quienes lo viven desde dentro, el perfeccionismo no es una decisión puntual. Es un rasgo intrínseco de su personalidad y, en consecuencia, su única forma de hacer las cosas.
¿A quién impacta?
El perfeccionismo parece presentar una marcada inclinación de género: según las investigaciones y la práctica clínica —tal como señala Sara Yepes—, este rasgo se manifiesta con una prevalencia ligeramente mayor en las mujeres. Asimismo, ellas tienden a experimentar un impacto más significativo del perfeccionismo en su vida cotidiana y en su salud mental. Esta mayor prevalencia y afectación se relacionaría con un claro sesgo de género en las exigencias sociales. Como apunta la psicóloga Sara Yepes, las mujeres suelen recibir mandatos de conducta en múltiples niveles —relacional, académico, social y afectivo—, mientras que, en el caso de los varones, las demandas tienden a concentrarse principalmente en el ámbito profesional o deportivo. Así lo observa también Xosé Cabido, profesor del IES Antonio Fraguas de Santiago de Compostela, en su experiencia con el alumnado.
En definitiva, el perfeccionismo parece estar más asociado —aunque no de manera excluyente— al género femenino. Sirve como ejemplo el testimonio de la profesora María Teresa Couso, del IES Salvador Madariaga de A Coruña, quien reconoce haberse sorprendido al encontrarse en el aula con un caso grave de perfeccionismo en un alumno varón, en contraste con la abundancia de casos similares observados a lo largo de su trayectoria docente en alumnas.
¿Cómo surge?
Esta forma de entender y actuar no aparece de la noche a la mañana; al contrario, implica un cúmulo de factores forjados desde los primeros años de vida. Según la terapeuta Sara Yepes, del equipo de Somos Estupendas, el perfeccionismo tiene un origen multifactorial, ya que se ve determinado por elementos tan variados como la predisposición del carácter, la crianza o el influjo de la sociedad y sus mandatos.
Entre estos factores, el temperamento innato suele ser uno de los primeros en manifestarse, debido a la aparición temprana de rasgos de carácter alrededor de los cinco años. Como comenta la terapeuta Sara Yepes, este aspecto viene marcado por la epigenética que, explicado de manera sencilla, hace referencia a aquellas características o tendencias naturales heredadas de la familia que determinan la forma de ser (por ejemplo, una mayor ansiedad o sensibilidad), y que pueden predisponer al perfeccionismo desde la infancia. A esta predisposición inicial se suma el modelo de crianza, un factor clave que define el nivel de exigencia de las niñas de cara al futuro. Este modelo, según la psicología del apego, repercute directamente en la relación de las menores con sus figuras adultas de referencia (madre, padre, abuela, tío, tutor legal, etc.), que son, como señala la psicóloga Sara Yepes, el “primer espacio emocional” donde las niñas expresan su identidad y reciben respuesta a ella.
En este contexto, aquello que se les exige, así como los aspectos por los que son valoradas, criticadas o rechazadas, influye profundamente en hacia dónde dirigirán su atención y su esfuerzo en el futuro. A ello se suma la comparación constante, que opera tanto en el ámbito familiar como en otros espacios de socialización posteriores. Las niñas aprenden a priorizar aquello que garantiza reconocimiento, seguridad o afecto. Desde esta lógica, hacer todo “bien” aumenta la posibilidad de recibir amor y reduce el riesgo de rechazo o desaprobación, vividos como una amenaza en una etapa vital marcada por la dependencia de los vínculos de apego. Esta dinámica se observa, por ejemplo, en el caso de la joven Laura Alonso, quien buscaba cumplir estrictamente con las expectativas de su tío para evitar sus críticas, así como en el de Daniel Rey, a menudo comparado con su hermana mayor o con su primo.
La psicóloga Isabel Burriel explica que el perfeccionismo podría tener su origen en la infancia como un mecanismo relacional para asegurar la protección y la aceptación de los padres o figuras significativas. Esto ocurre especialmente cuando dichas figuras son exigentes, críticas o condicionan el amor al logro académico o al buen comportamiento.
“Mi tío Roco, que es mi figura paterna después de que muere mi padre, se exige mucho a él mismo y a sus seres queridos también. Yo crecí rodeada de comentarios sobre mis notas, mi cuerpo, la forma en que actuaba… incluso la forma en que hacía la cama. El único feedback positivo que tenía de él era cuando hacía las cosas bien, al dedillo.”
Laura Alonso, 22 años
No obstante, la influencia de estas figuras no se limita únicamente a la exigencia directa, sino que también reside en el ejemplo que ofrecen a través de sus propias conductas, especialmente cuando estas reflejan formas de perfeccionismo poco saludables. Ese impacto, aunque a veces menos explícito, puede ser incluso más profundo. Como recuerda la psicóloga Sara Yepes, las niñas son verdaderas esponjas emocionales que aprenden de lo que ven y lo imitan. Si observan a sus madres exigirse hasta el límite, hablarse con dureza o no permitirse el error, es probable que interioricen esa misma actitud como norma. Este es el caso de Laura Fresneda, estudiante de 21 años, que creció viendo a su padre esforzarse del mismo modo que ella reproduce ahora.
Comprender esta dinámica implica reconocer también que las madres y figuras significativas en muchas ocasiones educan desde lo que conocen sin intención de causar daño, reproduciendo patrones que ellas mismas vivieron, sin ser plenamente conscientes del impacto que sus palabras o actitudes pueden tener en sus hijas. Como señala la psicóloga Sara Yepes, “lo hacen lo mejor que pueden con lo que tienen”. Por eso, María Teresa Couso, profesora de Francés del IES Salvador Madariaga de La Coruña y madre de dos hijas, señala que a veces los mensajes bienintencionados de las madres pueden percibirse como exigencias para las hijas.
Sea cual sea la intención, el perfeccionismo se va configurando con la posibilidad de ser adaptativo, pero también de convertirse en un problema.
El perfeccionismo disfuncional: un problema no deseado
Como rasgo, el perfeccionismo no es bueno ni malo por sí mismo. Ahora bien, cuando esa rigidez comienza a interferir en la vida diaria y a afectar al bienestar de la persona, se configura lo que se denomina perfeccionismo disfuncional: un patrón inflexible que pierde su valor adaptativo y puede derivar en patologías clínicas. Ana López Durán, directora de la Unidad de Atención Psicológica (UAP) de la Universidade de Santiago de Compostela, afirma que este problema figura entre los cuatro motivos de consulta más habituales en la unidad. En la práctica, la persona se fija un objetivo y se exige al máximo sin tener en cuenta el tiempo que invierte. Esto puede llevarla a descuidar aspectos esenciales de su vida, como su descanso, el ocio, las relaciones sociales o el autocuidado. López Durán señala, especialmente, tres indicadores:
Indicadores de perfeccionismo disfuncional según Ana López Durán (UAP). Fuente: Sonia Iglesias
Con el tiempo, esta presión constante no solo afecta al bienestar de la persona, sino que también puede disminuir su rendimiento. Tal como explica la psicóloga Sara Yepes, y como ilustra la ley de Yerkes-Dodson, cuando la ansiedad por alcanzar un objetivo supera el nivel óptimo de activación, el sistema nervioso entra en un estado de sobreestimulación. En ese punto, lejos de mejorar el desempeño, se hace más difícil concentrarse, pensar con claridad y avanzar en la tarea.
